miércoles, 6 de abril de 2011

Cuento Beta

β:

El gnomo narraba el cuento con tal entusiasmo, que el niño campensino no podía dejar de atender a lo que decía.
Al principio no creía ni una palabra de la fantástica historia que el duende contaba, pero cuatro horas más tarde de ininterrumpido relato, el niño campesino acabó por creerse hasta la más irreal de las descripciones.
Ya no se trataba de un enano loco, sino de un auténtico gnomo como los de los dibujos. Y ya no se trataba de historias empapadas en ginebra, sino de verídicos sucesos de príncipes aventureros y castillos encantados.

Cuando el gnomo estaba en la mejor parte de todas, la parte en la que el dragón lanzaba fuego contra el escudo del gerrero de las mil cicatrices; justo en ese momento, el gnomo deja de hablar.
El niño campesino le ruega que continúe, que no se detenga en el momento más interesante y concluyente.
Pero el gnomo le dice, le pregunta, que si se ha creído todo lo que le ha estado contando.
No sabe qué decir; no sabe de hecho a qué se refiere exactamente, pero el gnomo, que ahora es un enano sonriente, le ata una cuerda al cuello y le susurra al oído.

Enano que no gnomo:
Tonto tú.

Fin.
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