jueves, 3 de junio de 2010

¡Guau, cómo molo!

“¡Esclavo, tengo hambre! Tráeme la comida, rápido!” Y el subyugado obedece sus órdenes. “¡Ñam, ñam, ñam y ñam!” Mastica de tal forma que la mitad del alimento es derramado por los suelos. Por supuesto el siervo recoge los restos, no sin antes esperar pacientemente a que éste termine la ingesta.

“Ahora nada mejor que una buena siesta para bajar la comida. ¡Esclavo, dame un masaje!” En el cuello, en la espalda,... Lo hace con tal delicadeza que su amo se queda dormido en un santiamén; momento que aprovecha el lacayo, como todos los días, para seguir trabajando en las muchas otras tareas que debe llevar a cabo.

“Necesito una ducha. No es que esté sucio, ni mucho menos, pero hay que mantener la higiene... ¡Esclavo, prepárame el baño! ¡Y rapidito!” El sirviente pone todo su empeño en dejar a su señor como los chorros del oro. Lava él mismo al jerarca, con sus propias manos, sin que el personaje tenga que mover un solo dedo; y lo hace a conciencia, hasta detrás de sus orejas.

“¡Vamos esclavo, ábreme la puerta! Voy a dar un paseo. ¡¿No me has oído?! ¡Que me abras la puerta! ¡Ábreme la puerta te digo!” Por fin la abre y ambos salen al exterior. El caminar hace que al señorito le entren ganas de excretar. Claro, tanta comida no puede quedarse ahí dentro de por vida, pues hasta la gente más exquisita debe defecar en algún momento. Pero su calidad de excelencia es tal, que no necesita hacerlo en un servicio como lo hacen los criados; él lo hace en el medio de la calle. Y nadie osa llevarle la contraria. “¡Recoge esa mierda, esclavo!” Y, por increíble que parezca, el subyugado, una vez más, obedece sus órdenes.

“Guauuu, soy el amo. ¡Sí! ¡Guau, insuperable! Guau... ¡Sí, guau, guau! ¡Guau! ¡Guau guau! Grrr... ¡Guau!”
Publicar un comentario